Thalía, en un show para ellos

Thalía es la revancha. Revancha para todos esos chicos que se quejaron cuando sus novias gritaban por Ricky Martin o Luis Miguel. Y revancha también para los que sostienen que la novela es un género con lágrimas de mujer. Al menos ayer, en su show del Luna Park, la pobre chica sufrida de la telenovela “Marimar” demostró que en estas cuestiones las reglas no se escriben con el lápiz que separa las fronteras de los sexos.

Sin prejuicios, con el nombre de la cantante anudado en la frente y hasta con ositos de peluche, los muchachos y señores se apostaron en los primeros lugares para ver de cerca ese cuerpo de diosa en miniatura que Thalía se ocupa sabiamente de explotar.

Pero la chica se hizo desear. Cuarenta minutos después de lo previsto, las luces se apagaron y las dos pantallas de los costados mostraron una de las pocas imágenes en foco que se vieron durante la noche: un compacto de sus personajes televisivos. Y como si esa fuera la señal de largada, la mayor parte del público (unas 4000 personas) alzó sus cámaras para llevarse a casa un recuerdo mudo del show.

Mejor así, porque durante el primer tema, “Mujer latina”, apenas pudo intuirse la letra que gesticulaba la mujer, mientras esquivaba, con la destreza que le da su cintura chica, la ametralladora de animalitos de peluche que caían sobre el escenario.

Las pantallas de los costados no fueron más generosas que los micrófonos fallidos: cada vez que el camarógrafo acertaba en enfocar el cuerpo entero de Thalía, un desafortunado vendedor de gaseosas insistía en cruzarse por el camino para dejar la imagen completamente a oscuras.

Pero Thalía salió indemne. Y para que los ánimos no decaigan cambió su breve vestuario dorado por un provocador -y no menos breve- conjunto de corpiño y pantaloncito de cuero negro para cantar “Gracias a Dios”. Seductora, la abanderada de la virginidad, jugueteó con un hombre de ojos vendados y bailó con un grupo que nada tenía que envidiarle a la troupe de la película “Todo o nada”. Realmente. Haciendo poco caso a la platea masculina de las primeras filas, el principal bailarín hizo un verdadero streap-tease que quizá contentó a las señoras de más atrás.

En todo caso, nadie lo vivó demasiado: la reina de la ropa interior diminuta era ella, que enseguida recuperó protagonismo con un -otra vez- breve modelo plateado.Y para no ceder audiencia, tentó a los hombres con una sugestiva invitación. “Yo sigo sin novio, ¿qué solución le damos? Por lo menos que alguien suba a darme un beso porque yo sigo acá solita”, ensayó con voz seductora.

Obviamente, nadie subió. Ella siguió allá arriba, solita, cantando con su colección de variados corpiños su repertorio más conocido (“Piel morena”, “Amor a la mexicana”). Y ellos abajo, demostrando que también los hombres pueden gritar.

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