Thalía, un fenómeno real


La cantante realizó un show donde la música importó menos que su belleza y dominio escénico

Thalía y tele suenan parecido, y por lo que se ve, han hecho buenas migas. En efecto, lo de Thalía tiene mucho que ver con la imagen. O sea, tiene que ver con ver, más que con oír. No por nada, en su debut en la calle Corrientes, los fotógrafos son cordial y convenientemente ubicados para que sólo puedan tomar su perfil izquierdo. Pero cualquiera sea el lado en que se la mire, la chica tiene mucho para mostrar. La naturaleza, hormonas mediante, ha sido muy generosa con su distribución anatómica. Y Thalía, generosa también, lo retribuye haciéndose ver. Todo lo cual relega la cuestión musical y poética, por llamarlo de alguna manera, para otra ocasión.

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El Gran Rex está lleno de gente, tanto abajo como arriba del escenario. La sala rebalsa de un público estrepitoso con mayoría de niños y adolescentes, acompañados por sus respectivos padres, tutores o encargados. Y sobre las tablas, tres coristas, un trompetista, un saxofonista, un trombonista, un tecladista, un guitarrista, un bajista, un baterista y un percusionista se ocupan de proveer, con una eventual ayudita de algunos elementos pregrabados, el sonido ambiente. Por si esto fuera poco, diez bailarines ponen más cuerpo que alma en coreografías de escaso vuelo y pobre realización.

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